Cuando le cuento a la gente (a alguna gente) mi atroz experiencia con el sistema educativo español, esto es, mi rotundo fracaso en conseguir titulación de ningún tipo, muchos de mis contertulios se encogen de hombros, alegan que por qué, si soy tan inteligente como digo que soy, no lo aprovecho y me saco ahora, a mi edad, una carrera, la que yo quiera sacarme y, puesto que vivo en un país donde el título lo es todo (aunque no se tenga ni zorra idea de nada), convierto mi capacidad en una forma de ganar dinero (que parece, dicho sea de paso, la única manera de ser feliz en nuestro mundo, esto es: tener dinero).
Al margen de que no considero el dinero la clave de una vida feliz (una vez se han cubierto las necesidades básicas, claro está), quiero tocar aquí el asunto de por qué yo en particular y muchos superdotados en general no han podido sacar rendimiento a sus capacidades intelectuales, que están muy por encima de la media. Yo recuerdo que en mi clase había chicos y chicas bastante torpes comparados conmigo. Hablo de mi clase en el instituto. Concretamente, había un chico que se llamaba Calero de apellido y que a mi modo de ver, y siendo bastante indulgente, me pareció siempre un poco retrasado mental. Vamos, que era tonto de cojones el notas. Bueno, pues al payo este me lo crucé el otro día por la calle y me dijo, mostrándome un carné de la corrupta universidad de la tierra donde vivo, que ha acabado el doctorado en Filología Hispánica y que está contratado por la corrupta universidad ¡para impartir clases!¡Un retrasado mental impartiendo clases en la universidad! Está claro que a este hombre el sistema educativo le ha llevado de la mano y le ha abierto puertas y le ha facilitado la labor, primero, para que obtuviera un título, y segundo para que consiguiera un trabajo.
Conmigo y con muchos superdotados, el corrupto sistema educativo español hace exactamente lo contrario. A mí me han puesto trabas desde que tengo uso de razón, me han insultado, amenazado, bajado las notas, me han humillado delante de otros niños, me han puesto motes ¡los propios profesores!, y, como digo, desde que yo recuerdo ningún profesor ensalzó jamás mis capacidades, capacidades que, lo digo sin ninguna falsa modestia, son extraordinarias en un sentido estricto del término. El otro día encontré por casa un periódico que escribí yo solo cuando tenía trece años. Hay un artículo, una especie de noticia futurista sobre cómo sería el mundo en el año 2000. El artículo lo escribí a finales de los años setenta. Me pasma que ningún profesor se diera cuenta de lo que tenía delante: un talento imaginativo fuera de lo común en un niño de una edad a la cual la mayor parte de los otros niños se dan por satisfechos si se saben medianamente bien la tabla de multiplicar y los resultados de fútbol de la última semana. Nadie alabó aquel trabajo. Concretamente, el profesor que me lo corrigió, que era un alcohólico felizmente fallecido hace poco, me insultó durante todo el curso delante de todos los demás niños, me puso un mote que repitió hasta la saciedad. En ese mismo colegio tuve que aprender a salir antes que nadie de la clase porque muchos otros niños me aguardaban a la salida para pegarme. Eso sucedía un día así y otro también. Recuerdo que cuando pasé al instituto enseguida levanté las suspicacias de los otros chicos y chicas. Hace pocos meses, una antigua compañera del instituto, que no es mala persona, me dijo que no podían tragarme ni ella ni ninguna de mis compañeras por mi endiablada facilidad para salir de los exámenes con la nota más alta y sin esforzarme. Trataré de recordar sus palabras exactas:
–Llegabas a clase y te ponías a discutir con los profesores, la mitad de los días ni ibas al aula, y la otra mitad te expulsaban, contestabas a todos los profesores, te echaban de cuatro o cinco clases al día, no escuchabas las explicaciones, te juntabas con los más golfos, fumabas porros, no estudiabas nunca, jamás llevabas libros encima y cuando los llevabas no tenían nada que ver con las materias del instituto. Y luego llegabas al examen, lo terminabas y lo entregabas antes que los que los dejaban en blanco, ¡y sacabas las mejores notas de la clase! ¿Cómo coño querías que nos cayeras bien?
Este sentimiento no es algo aislado. Hace unos años, otro compañero del instituto me dijo que un amigo suyo de la residencia, un tal Modesto, me tenía un odio que no me podía ni ver. El tal Modesto, creo, es ahora profesor o juez o cirujano (en definitiva, ocupa uno de esos cargos de responsabilidad que el corrupto sistema educativo español reserva a los mediocres). Por lo visto, y yo no me enteré de nada, entre otras cosas porque no iba nunca al instituto en aquel año, no iba nada más que a resolver los exámenes, por lo visto, digo, el tal Modesto hablaba de mí continuamente mal a los compañeros y a los profesores. El tal Modesto no es el único que recuerdo. En COU (equivalente, según me dicen, al segundo de Bachillerato de ahora) había un chico en clase que estudiaba mucho. Se llamaba Alberto. Entre mis peores enemigos en el sistema educativo (aparte de los profesores, claro está) se encontraban los empollones. Nunca les he caído bien, ni cuando era estudiante, ni ahora, que vivo una vida, digamos, pirata. En este país, la gente que va de lista es peligrosa para nosotros, los superdotados, porque ponemos en evidencia sus limitaciones. El tal Alberto estudiaba mucho para obtener lo que yo conseguía sin el menor esfuerzo. Actualmente, este correveidile, que se pasaba el día lamiéndoles el culo a los profesores para que le subieran nota y sacar así todo con sobresaliente, este correveidile, digo, se dedica a algo relacionado con la banca. El tío se ha adaptado fenomenalmente a un sistema que ha nacido para gente como él: un sistema educativo para mediocres, pelotas, lameculos y chivatos. Pues bien, cuando yo aprobé el COU (sin estudiar, sin ir a ni al diez por ciento de las clases) el tío se me encaró delante de los demás chicos de la clase y me dijo: “Tú no tenías que estar aquí” (refiriéndose a los que estábamos celebrando el aprobado en COU y la selectividad, prueba para la que no miré ni un libro y que aprobé con la nota justita, puesto que yo para entonces tenía claro que no iba a seguir en el corrupto sistema educativo español). Aquel tipo, obvio es decirlo, me tenía una envidia negra, y como no se atrevía a liarse a hostias conmigo (otro día les cuento sobre la enorme cantidad de hostias que he recibido y repartido –para deenderme de agresiones- por mi condición de persona con alto Coeficiente Intelectual), pues se limitaba a insultarme.
A donde quiero ir a parar con estos ejemplos cogidos al azar entre docenas es a que, para cuando yo llegué a los diecisiete años, había desarrollado una profunda aversión al corrupto sistema educativo español. Ya he anotado en otra parte que recibí amenazas de los profesores, concretamente de un jefe de estudios absolutamente corrupto y relacionado, cómo no, con la política que, teniendo yo dieciséis años me llevó a su despacho y me dijo que o me cambiaba de instituto o me hacía la vida imposible. Este señor ocupa actualmente un puesto destacado en el corrupto sistema educativo español. Es un mediocre, por supuesto, y además una mala persona que cometió un delito gravísimo: coacciones a un menor. Únicamente el desamparo a que me sometió mi familia (mi propia familia no me tragaba porque mi cerebro les venía grande, y jamás me apoyaron en nada) hizo posible que ese hijo de mala madre no acabara en la cárcel. No, no acabó en la cárcel. Y no solo eso, sino que en mi ciudad es un hombre con cierto prestigio como persona preocupada por asuntos sociales, esto es, que le importa más el destino de un drogadicto, de un subnormal o de un delincuente que el de un genio. Bueno, seamos justos, sí que le importa el destino de un genio, según el entender de este cabrón, el destino de un genio es el basurero.
Para aquella gente que cree que es una “ventaja” ser superdotado, solo les pido que reflexionen sobre lo que les acabo de contar. Mi exceso de capacidad únicamente me trajo problemas, muchos problemas, cuando era niño y adolescente. De adulto he aprendido a vivir con ello, básicamente pasando del personal, pero a un niño de ocho años no se le puede pedir que esté en guerra constante con su entorno... salvo que se desee echar al mundo a un psicópata.
Seguiremos informando.