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jueves, 21 de febrero de 2013

Un ejemplo tomado de la serie Big Bang Theory

No soy amigo de ver la televisión. La cantidad de basura en estado puro con que nos bombardea ese siniestro aparato me hace sudar hielo cuando me siento frente a él. Por lo tanto, no lo enciendo nunca. Pero hace un tiempo alguien me llamó la atención sobre una serie en la que los protagonistas eran, nada menos, superdotados. Eso, como digo, llamó mi atención. Me dispuse a verla y pude comprobar que tenía su gracia y su arte aquella serie. Muchos de ustedes la conocerán, se llama The big bang theory, La teoría del Big Bang.
En su primera temporada esta serie muestra algunos aspectos de la marginación social a que se ven sometidos los genios. En las siguientes temporadas, e imagino que por aquello de la comercialidad, se atemperan los sufrimientos de los genios y, en consecuencia, se nos muestra un lado más amable de la tragedia humana que supone ser más listo que los demás.
Sin embargo, me gustaría hacer una puntualización. La serie se ha filmado en Estados Unidos, país donde, por suerte para ellos, el Estado permite a los genios ir a su ritmo, esto es, acabar carreras a la edad en que en España las empiezan las personas normales. Queremos decir que en Estados Unidos, y si uno tiene algo de suerte, puede acabar un doctorado en Física a la edad de 17 años. Por lo tanto, los dos protagonistas de la serie no han vivido la frustración añadida a su propia condición de personas hipersensibles la de compartir la clase con una manada de bestias que, comparados con ellos, son, eso precisamente: unos pedazos de tarugos. Así, Sheldon y Leonard son, ambos, físicos, y según se deduce y así lo dice Sheldon expresamente en uno de los capítulos, él era doctor en Física a los quince años. Por lo tanto, ni Sheldon ni Leonard se han visto sometidos a la tortura que el corrupto sistema educativo español reserva a los genios: estar en clase con alumnos mucho más lentos que ellos que, sin embargo, se adaptan mucho mejor a esas lecciones, precisamente, porque son más lentos. En España, un superdotado puede acabar, literalmente, mal de la cabeza después de estar durante unos diez años en unas aulas donde no se le enseña nada, donde se le ridiculiza, se le insulta y hasta se le golpea y se le acorrala. Existen superdotados adultos que ni siquiera han podido acabar el periodo de clases en el instituto, no digamos ya en la universidad, corrala de mediocres donde se premia al tonto y se castiga al genio que muestra puntos de vista originales.
¿Por qué Sheldon acaba un doctorado en Física a los quince años y en España nadie ha hecho eso nunca? ¿Es que somos más tontos los españoles que los americanos? ¿Es que no hay genios en España? La respuesta es bien sencilla, pero encierra dentro de sí tal carga de necedad, tal barrera de despropósitos y de mala gestión, que las mismas personas a quienes se lo cuento cuando me lo preguntan no acaban de creérselo. La respuesta, digo, es la siguiente: el sistema educativo español, ese infame sistema lleno de podredumbre, amiguismo y mala follada, no permite que nadie avance de curso. Si uno tiene la capacidad de aprender con ocho años lo que le enseñarán con diecisiete, no tiene más remedio que aguantarse, esperar nueve años para que le enseñen eso. En esos nueve años es posible que, a causa del aburrimiento y la frustración y la infelicidad, acabe recurriendo al sistema de psiquiatría de la seguridad social, que es el refugio que el Estado reserva para unos genios que jamás podrán demostrar que lo son por la sencilla razón de que sus puestos estarán cubiertos por los tontitos que se adaptaron, ellos sí, a un ritmo de enseñanza diseñado para memos.
Quedamos, por tanto, en eso: el superdotado español sufre más que el superdotado americano, en general y sin entrar en mayores profundidades.

martes, 15 de enero de 2013

Carta a mis lectores

Paso a contestar algunas cuestiones planteadas en los últimos comentarios.

No es mi intención que este blog escore hacia posiciones políticas de un signo u otro, siendo que a mí, como creo a la mayor parte de las personas inteligentes, la política me tiene sin cuidado. Decir que los políticos son profesionales y que solo buscan su beneficio es caer en un lugar común, y es de los lugares comunes de los que me quiero apartar en este blog y en la vida. No obstante, me gustaría hacer unas apreciaciones en el siguiente sentido. Se ha dicho en los comentarios que “el poder” (ese ente abstracto al que cuesta poner cara) no está interesado en promover la genialidad, sino en alimentar la estulticia de los ciudadanos. Esa lectura, que en cierto sentido confirma la lectura de sabios como Aristóteles, debe ser matizada. Es cierto que una persona demasiado inteligente puede resultar incómoda para ciertos sectores de la ciudadanía. Por ejemplo, un profesor que tenga un hijo opositor a judicaturas nunca apoyará a un alumno en clase que tenga un CI de 170, sencillamente porque ese superdotado en cuestión le haría la competencia (y ganaría, por supuesto) al hijo tonto opositor a juez del profesor en cuanto se lo propusiera.
Pero no es de ese tipo de “poder” mezquino, detentado por enanos mentales como jueces, profesores y cirujanos, del que quiero hablar, sino del Poder con mayúsculas. Países con larga tradición de dictaduras han apoyado a los superdotados por la sencilla razón de que son la esencia de la defensa nacional. Que la extinta URSS promoviera a los alumnos destacados en matemáticas no era sino una inversión para que esos niños, convertidos hacia la veintena en genios de la ingeniería, la física o la astrofísica, emplearan todo su talento en desarrollar ideas que se aplicarían, como digo, en seguridad nacional. Actualmente, son varios los países que apoyan a los niños superdotados como inversión a largo y medio plazo en seguridad nacional. Entre otros, la República Sudafricana, Israel, Estados Unidos, China y Cuba. Como puede comprobarse de una lectura somera de los diarios españoles, esos países se hallan casi todos ellos inmersos en conflictos internacionales más o menos declarados. Sus gobernantes tienen clarísima la siguiente idea: sacar a los genios de los colegios normales y meterlos en aulas específicas para ellos convertirá a esos países en bastiones inexpugnables para sus enemigos. No es ni más ni menos que eso. No quiero, como digo, entrar en cuestiones políticas, pero me cuesta muy poco trabajo sospechar que en las áreas de toma de decisiones en nuestro país haya más de uno y más de dos que no haya entrado por sus propios méritos, sino por enchufe. Así nos luce el pelo.

Hasta ahí la política.

En cuanto al asunto de crear una “plataforma”, la verdad es que hace tiempo que le vengo dando vueltas a la cuestión. Yo he pertenecido a dos asociaciones de superdotados que no voy a nombrar aquí. Me parece estimable el papel que juegan a su modo, pero se vuelcan casi exclusivamente en ayudar a los niños superdotados. He estado buscando durante años y no he encontrado un solo libro que explique la superdotación adulta. Quiero que piensen ustedes las implicaciones de este hecho. Si no se ha publicado un solo libro sobre gente como nosotros, quiere decirse, por poner un ejemplo inmediato, que ni los psicólogos (esos filósofos pardos que se sacan las carreras en la cantina de la universidad) ni los psiquiatras (la mayor parte de ellos, unos estafadores) tienen la menor idea de cómo funciona un cerebro como el nuestro, o como el mío, que es el que más me interesa. Por ejemplo, no saben cómo manejamos la memoria, esa pieza esencial para comprender qué hace felices o infelices a las personas. Personalmente, me acuerdo de todas las mujeres con las que he estado: su ropa, su nombre, su dirección, en algunos casos hasta su teléfono, su ropa interior, los novios que tenían o han tenido después si las he seguido viendo, su olor... todo. Que una actitud así la confunda un psicólogo con algún tipo de desequilibrio es solo la prueba de lo que digo: NO saben cómo funciona un cerebro de un adulto superdotado. He de decir, además, que en internet solo he encontrado cuatro o cinco páginas sobre la superdotación en español. O sea, que el asunto no está estudiado de ninguna manera. Por cierto, aviso desde aquí que cierta página que ofrece “ayuda” a los superdotados tiene unas tarifas cuando menos sospechosas. A buen entendedor, pocas palabras bastan. No paguéis un duro a nadie por estudiar vuestro cerebro, no están capacitados, y además deberían ser ellos, los psiquiatras y los psicólogos, quienes nos pagaran a nosotros, porque les ofrecemos una oportunidad única: inspeccionar cómo se conduce la mente de un genio.

Basta por hoy, y mañana o cuando sea seguiremos explicando. Solo he de añadir que no tengo intención de hablar de mi familia en este parlamento. Y a esa mujer que se quejaba de ser maltratada por sufrir enfermedad mental, solo puedo decirle que se cuide y que lamento mucho su situación, pero este blog no está creado para ese tipo de problemática, excepto cuando se cruce la enfermedad mental con la superdotación.

viernes, 4 de enero de 2013

Cómo destroza el sistema educativo a un superdotado (segunda parte)

Cuando le cuento a la gente (a alguna gente) mi atroz experiencia con el sistema educativo español, esto es, mi rotundo fracaso en conseguir titulación de ningún tipo, muchos de mis contertulios se encogen de hombros, alegan que por qué, si soy tan inteligente como digo que soy, no lo aprovecho y me saco ahora, a mi edad, una carrera, la que yo quiera sacarme y, puesto que vivo en un país donde el título lo es todo (aunque no se tenga ni zorra idea de nada), convierto mi capacidad en una forma de ganar dinero (que parece, dicho sea de paso, la única manera de ser feliz en nuestro mundo, esto es: tener dinero).
Al margen de que no considero el dinero la clave de una vida feliz (una vez se han cubierto las necesidades básicas, claro está), quiero tocar aquí el asunto de por qué yo en particular y muchos superdotados en general no han podido sacar rendimiento a sus capacidades intelectuales, que están muy por encima de la media. Yo recuerdo que en mi clase había chicos y chicas bastante torpes comparados conmigo. Hablo de mi clase en el instituto. Concretamente, había un chico que se llamaba Calero de apellido y que a mi modo de ver, y siendo bastante indulgente, me pareció siempre un poco retrasado mental. Vamos, que era tonto de cojones el notas. Bueno, pues al payo este me lo crucé el otro día por la calle y me dijo, mostrándome un carné de la corrupta universidad de la tierra donde vivo, que ha acabado el doctorado en Filología Hispánica y que está contratado por la corrupta universidad ¡para impartir clases!¡Un retrasado mental impartiendo clases en la universidad! Está claro que a este hombre el sistema educativo le ha llevado de la mano y le ha abierto puertas y le ha facilitado la labor, primero, para que obtuviera un título, y segundo para que consiguiera un trabajo.
Conmigo y con muchos superdotados, el corrupto sistema educativo español hace exactamente lo contrario. A mí me han puesto trabas desde que tengo uso de razón, me han insultado, amenazado, bajado las notas, me han humillado delante de otros niños, me han puesto motes ¡los propios profesores!, y, como digo, desde que yo recuerdo ningún profesor ensalzó jamás mis capacidades, capacidades que, lo digo sin ninguna falsa modestia, son extraordinarias en un sentido estricto del término. El otro día encontré por casa un periódico que escribí yo solo cuando tenía trece años. Hay un artículo, una especie de noticia futurista sobre cómo sería el mundo en el año 2000. El artículo lo escribí a finales de los años setenta. Me pasma que ningún profesor se diera cuenta de lo que tenía delante: un talento imaginativo fuera de lo común en un niño de una edad a la cual la mayor parte de los otros niños se dan por satisfechos si se saben medianamente bien la tabla de multiplicar y los resultados de fútbol de la última semana. Nadie alabó aquel trabajo. Concretamente, el profesor que me lo corrigió, que era un alcohólico felizmente fallecido hace poco, me insultó durante todo el curso delante de todos los demás niños, me puso un mote que repitió hasta la saciedad. En ese mismo colegio tuve que aprender a salir antes que nadie de la clase porque muchos otros niños me aguardaban a la salida para pegarme. Eso sucedía un día así y otro también. Recuerdo que cuando pasé al instituto enseguida levanté las suspicacias de los otros chicos y chicas. Hace pocos meses, una antigua compañera del instituto, que no es mala persona, me dijo que no podían tragarme ni ella ni ninguna de mis compañeras por mi endiablada facilidad para salir de los exámenes con la nota más alta y sin esforzarme. Trataré de recordar sus palabras exactas:
–Llegabas a clase y te ponías a discutir con los profesores, la mitad de los días ni ibas al aula, y la otra mitad te expulsaban, contestabas a todos los profesores, te echaban de cuatro o cinco clases al día, no escuchabas las explicaciones, te juntabas con los más golfos, fumabas porros, no estudiabas nunca, jamás llevabas libros encima y cuando los llevabas no tenían nada que ver con las materias del instituto. Y luego llegabas al examen, lo terminabas y lo entregabas antes que los que los dejaban en blanco, ¡y sacabas las mejores notas de la clase! ¿Cómo coño querías que nos cayeras bien?
Este sentimiento no es algo aislado. Hace unos años, otro compañero del instituto me dijo que un amigo suyo de la residencia, un tal Modesto, me tenía un odio que no me podía ni ver. El tal Modesto, creo, es ahora profesor o juez o cirujano (en definitiva, ocupa uno de esos cargos de responsabilidad que el corrupto sistema educativo español reserva a los mediocres). Por lo visto, y yo no me enteré de nada, entre otras cosas porque no iba nunca al instituto en aquel año, no iba nada más que a resolver los exámenes, por lo visto, digo, el tal Modesto hablaba de mí continuamente mal a los compañeros y a los profesores. El tal Modesto no es el único que recuerdo. En COU (equivalente, según me dicen, al segundo de Bachillerato de ahora) había un chico en clase que estudiaba mucho. Se llamaba Alberto. Entre mis peores enemigos en el sistema educativo (aparte de los profesores, claro está) se encontraban los empollones. Nunca les he caído bien, ni cuando era estudiante, ni ahora, que vivo una vida, digamos, pirata. En este país, la gente que va de lista es peligrosa para nosotros, los superdotados, porque ponemos en evidencia sus limitaciones. El tal Alberto estudiaba mucho para obtener lo que yo conseguía sin el menor esfuerzo. Actualmente, este correveidile, que se pasaba el día lamiéndoles el culo a los profesores para que le subieran nota y sacar así todo con sobresaliente, este correveidile, digo, se dedica a algo relacionado con la banca. El tío se ha adaptado fenomenalmente a un sistema que ha nacido para gente como él: un sistema educativo para mediocres, pelotas, lameculos y chivatos. Pues bien, cuando yo aprobé el COU (sin estudiar, sin ir a ni al diez por ciento de las clases) el tío se me encaró delante de los demás chicos de la clase y me dijo: “Tú no tenías que estar aquí” (refiriéndose a los que estábamos celebrando el aprobado en COU y la selectividad,  prueba para la que no miré ni un libro y que aprobé con la nota justita, puesto que yo para entonces tenía claro que no iba a seguir en el corrupto sistema educativo español). Aquel tipo, obvio es decirlo, me tenía una envidia negra, y como no se atrevía a liarse a hostias conmigo (otro día les cuento sobre la enorme cantidad de hostias que he recibido y repartido –para deenderme de agresiones-  por mi condición de persona con alto Coeficiente Intelectual), pues se limitaba a insultarme.
A donde quiero ir a parar con estos ejemplos cogidos al azar entre docenas es a que, para cuando yo llegué a los diecisiete años, había desarrollado una profunda aversión al corrupto sistema educativo español. Ya he anotado en otra parte que recibí amenazas de los profesores, concretamente de un jefe de estudios absolutamente corrupto y relacionado, cómo no, con la política que, teniendo yo dieciséis años me llevó a su despacho y me dijo que o me cambiaba de instituto o me hacía la vida imposible. Este señor ocupa actualmente un puesto destacado en el corrupto sistema educativo español. Es un mediocre, por supuesto, y además una mala persona que cometió un delito gravísimo: coacciones a un menor. Únicamente el desamparo a que me sometió mi familia (mi propia familia no me tragaba porque mi cerebro les venía grande, y jamás me apoyaron en nada) hizo posible que ese hijo de mala madre no acabara en la cárcel. No, no acabó en la cárcel. Y no solo eso, sino que en mi ciudad es un hombre con cierto prestigio como persona preocupada por asuntos sociales, esto es, que le importa más el destino de un drogadicto, de un subnormal o de un delincuente que el de un genio. Bueno, seamos justos, sí que le importa el destino de un genio, según el entender de este cabrón, el destino de un genio es el basurero.
Para aquella gente que cree que es una “ventaja” ser superdotado, solo les pido que reflexionen sobre lo que les acabo de contar. Mi exceso de capacidad únicamente me trajo problemas, muchos problemas, cuando era niño y adolescente. De adulto he aprendido a vivir con ello, básicamente pasando del personal, pero a un niño de ocho años no se le puede pedir que esté en guerra constante con su entorno... salvo que se desee echar al mundo a un psicópata.
Seguiremos informando.

viernes, 15 de junio de 2012

Otra profesora analfabeta (esta de Matemáticas)

El otro día mantuve una charla con una estudiante de último año de la carrera de Magisterio, ya saben: esa donde se fabrican en serie los maestros que darán clase a nuestros hijos y nuestros nietos, si es que nadie lo remedia, claro está.
Esta chica me contó que estaba estudiando para dar clases de Matemáticas a niños pequeños. Como a mí las Matemáticas me despiertan cierta curiosidad (no soy en ese terreno nada más que un diletante, dicho sea de paso), le pregunté algunas cuestiones. Pronto me percaté de que la chica no sabía, en ese terreno, dónde tenía la mano izquierda. Me contó una prueba supuestamente difícil a la que habían sometido a ella y sus compañeros; la prueba, por lo que pude inferir, porque la chica se explicaba fatal, versaba  sobre diagramas de Venn, o sea, la teoría de los conjuntos. Como digo, mis conocimientos en esa materia son muy superficiales, pero enseguida me percaté de que los de la profesora, los de la futura profesora, eran sencillamente nulos.
Reconduje la conversación por donde más me convenía, y le pregunté a la chica si les estaban enseñando a los niños las áreas de los cuerpos geométricos. Ella me respondió que no. Cuando le pregunté si ella sabía cuál era el área de un triángulo, la chica me dijo que era “eso de un cateto al cuadrado y todo eso”, es decir, me salió con el teorema de Pitágoras, y ni siquiera lo supo enunciar correctamente. Le tiré más de la lengua y comprendí que la chica ¡ignoraba la fórmula del área del triángulo! ¡Una chica que dice que se está preparando para dar clases de Matemáticas! ¡Y está en su tercer año de universidad!
Cuando se dio cuenta de que a mí aquello me parecía algo inusual, me replicó que ella era “de letras”. No tuve ánimos para hacerle preguntas básicas sobre “las letras”, por ejemplo, cuestiones de concordancia entre sujeto y predicado, o entre nombre y adjetivo, reglas básicas de acentuación, recomendaciones sobre la longitud de las frases; y ya puestos, algunas cuestiones de Historia y Geografia, como cuándo se proclamó la Segunda República, fecha aproximada de caída el Imperio Romano o de invasión de España por los musulmanes, y también cuál es la capital de algún país nórdico como Noruega.
Yo no sé a ustedes pero a mí el asunto me parece gravísimo, muy alarmante. Por varias razones. La primera es que, según deduje de la conversación con esta ignorante, los alumnos de su clase ¡de la universidad! participan con entusiasmo subnormal de esa mediocridad, de ese desconocimiento de los conceptos básicos y más rudimentarios de las Matemáticas (y también, supongo, de los de la Física y de la Química); la segunda razón que despierta mi alarma es que la muchacha, al comprobar sin ningún género de dudas que había expuesto gravísimas lagunas intelectuales en público (había otras personas delante aparte de mí que habían sido testigos de la exposición de su ignorancia), no expresó el menor propósito de enmienda, ningún sentimiento de culpa, ningún afán de mejorar allí donde debía hacerlo. No me preguntó a mí cuál era la respuesta, es decir, cuál era la fórmula del área de un triángulo. Colegí, enseguida, que aquello, lo de aprender, le tenía sin cuidado ¡a una futura profesora!
Lo más que se acercó a una disculpa fue otra frase que encendió mis sentidos de alerta hasta extremos cercanos al rojo vivo. Adujo la señora para defender su incompetencia que ella “iba a dar clases a niños de cuatro años y a lo sumo de seis”, y que, por lo tanto, deduje yo que quería decir, no le hacía falta más nivel de Matemáticas para desarrollar su trabajo (imagino que la profesora sabe sumar sin calculadora, suposición un tanto arriesgada, ahora que lo pienso despacio).
Aquí es donde entra mi experiencia personal como superdotado. Cuando yo contaba cuatro años, un bienintencionado familiar me regaló un juego de geometría, una colección de poliedros de plástico a la que acompañaba un sencillo diagrama donde se explicaban, entre otras cosas y en un lenguaje que yo pude entender en su mayoría, cómo se hallaban los volúmenes de la esfera, del cubo, de una pirámide… También se explicaba con muchísima claridad, por ejemplo, la diferencia entre un icosaedro y un dodecaedro. No diré que con cuatro años yo comprendiera todo aquello como lo podría haber hecho un adulto, pero sí me quedaron claros (para siempre, gracias a Dios) los conceptos de área y volumen, y por supuesto aprendí (con cuatro años) cuál era la fórmula del área de un triángulo, y ya nunca la he olvidado.
Lo que quiero decir es que esta imbécil podrá encontrarse con niños superdotados de cuatro, cinco y seis años que le harán preguntas sobre Geometría que ella no podrá responder. Mi experiencia personal con los profesores es que cuando uno de estos mediocres da con un alumno genial, le declara la guerra, lo persigue y le hace la vida imposible. Estamos en un país que selecciona a la inversa. Los menos aptos, a dar clase. Los alumnos más brillantes, fuera del sistema educativo.
Este asunto provoca en mi interior emociones muy desagradables. Mi opinión personal es que alumnos de Magisterio como esta idiota deben ser expulsados inmediatamente del sistema educativo. Se debe impedir a toda costa que anormales como esta chavala acaben dando clases a nuestros hijos. Me parece un asunto de una gravedad extrema, la verdad, y creo honradamente que ningún padre con dos dedos de frente (no digo ya si el hijo es superdotado) querrá que sus hijos sean “educados” por una tarada como esta.
No soy optimista, es cierto. Algo me dice que nuestro sistema educativo se va hundiendo cada vez más en un lodazal de incompetencia, ineptitud, desidia y aun de inmoralidad. Quien paga el pato son nuestros jóvenes, pero los jóvenes superdotados pagan mucho más. Porque pierden mucho más. Entre otras cosas, la posibilidad de convertirse en ciudadanos eminentes con vidas productivas y gratificantes. Es una pérdida personal, claro está, pero también es una pérdida para el país, que tira por la borda los talentos de los genios mientras acoge en su seno institucional los cerebros mal amueblados de una cáfila de ignaros; ignaros de los que la chica esta de la que les hablo es un meridiano ejemplo.
Seguiremos informando.  

lunes, 28 de mayo de 2012

Primer mandamiento del superdotado

Cuidado con las personas normales (aunque lo parezcan, no son tontos)
Uno de los problemas con los que se enfrenta el superdotado es la adaptación a convivir con personas normales. El superdotado percibe a la persona normal igual que la persona normal percibe a un estúpido o a un imbécil. Esto es, y para no andarnos con rodeos, una persona de inteligencia normal le parece un subnormal a un superdotado. Es duro decirlo pero es así, y como este blog está destinado a lectores superdotados, no me ando con rodeos.
Convivir con personas normales es duro. El superdotado tiene  que estar haciendo constantemente un esfuerzo para no desbordar a esas personas con la velocidad de su cerebro. Por ejemplo, si alguien explica a un grupo de personas cómo se maneja un programa de un ordenador o las consecuencias de una medida del gobierno cacareada por la prensa o cómo se descubrió el papel en China o cómo los chinos disponían hace decenas de siglos de una tecnología para excavar pozos que superaba con mucho a la occidental de aquellas fechas, en esos casos el superdotado entenderá (si presta atención) todo lo que se diga mucho antes que los demás, que las personas normales. En ese momento, el superdotado tiene que hacer, digamos, trampa. Tiene que hacer como que no se ha enterado bien, puesto que la mayor parte de las personas normales no se habrá enterado de nada. Eso suponiendo que quien está explicando la cuestión sepa lo que dice, suposición bastante arriesgada sobre todo si el narrador del asunto en cuestión pertenece a la devaluada,  parasitaria clase docente española.
Les voy a poner un ejemplo concreto, que eso siempre ayuda a entender las cosas. El otro día recibí una notificación de la empresa de gas que me dejó tiritando. Un recibo de una cuantía que, vamos, uno empieza a plantearse irse a vivir a algún país ecuatorial. Cuando fui a reclamar a la empresa, me atendió un amable dependiente, un hombre que se veía conocía su oficio, el de informar al paisanaje. El hombre me dio unas explicaciones bastante claras, y cuando me di cuenta pretendía volver a decirme lo mismo con otras palabras. En ese momento, yo le corté amablemente y le dije que ya lo había entendido. El dependiente reaccionó con profesionalidad, esto es, pasó a otro tema, pero yo percibí que a él le había quedado la impresión de que yo me pasaba de listo, quiero decir que él pensaba que yo no había entendido nada de lo que me había dicho pero que lo hacía ver así para yo parecer más inteligente de lo que era. Eso de parecer más inteligente de lo que es uno es un deporte nacional. En este país de subnormales mucha gente intenta aparentar lo que no es, quiero decir aparentar más de lo que es. Nosotros, los superdotados, por el contrario, en el aspecto intelectual tenemos que aparentar que somos menos de lo que en realidad somos.
El dependiente volvió a la carga pasados unos minutos de conversación intrascendente y relajante. Entonces, cogí el recibo y le expliqué yo a él en qué consistía el asunto del cálculo del recibo. El hombre, en ese momento, comprendió que a quien tenía delante era a una persona fuera de lo común, alguien que entendía la forma en que se calculan las cantidades a desembolsar por consumo de gas sin necesidad de más de una explicación. Con una bien hecha, bastaba.
Este señor se lo tomó bien. Pero a lo largo de mi vida me he topado con gente que no acaba de asimilar eso de tener delante a alguien que comprende las cosas a la primera, sin necesidad de que se lo den masticado. Creo que esa es una de las esencias de ser superdotado: comprender las explicaciones (cuando están correctamente expuestas) a la primera. Como digo, mucha gente no acaba de asimilar esa característica. Les molesta que alguien sea más listo que ellos. Les molesta y mucho. La envidia hace aparición cuando el superdotado se hace notar, que es casi siempre que abre la boca a no ser que haya recibido un entrenamiento colosal en una escuela de arte dramático, pongamos por caso, que le haya convertido a su vez en actor. Imagino que esto último debe de ser agotador. Personalmente, he de decir que cuando he tratado de hacerme el tonto por más de unas horas, he acabado exhausto.
Entonces, el que pueda que se haga el tonto. Pero como muchos no pueden, tendrán que enfrentarse a un mundo hostil: El de las personas normales. Y aquí es adonde iba. El superdotado puede cometer un terrible error, tal vez el más terrible error de toda su vida, el que le marcará para siempre y le hará ser un marginado social que puede acabar en los fosos del alcoholismo y la drogadicción (creo no exagerar, pues conozco a varios casos de este tipo).
El error es pensar que los demás son tontos. No son tontos. Y esto debe quedar muy claro y por eso lo repito: no son tontos, aunque muchos, a nuestro lado, se perciben a sí mismos como tales, como personas inferiores. Hagamos lo que hagamos nosotros, los superdotados, cada vez que expresemos nuestras opiniones, y aun en nuestros silencios, ellos, los normales, nos percibirán como personas engreídas, soberbias, pagadas de nosotras mismas. Entonces nos atacarán, frontalmente si se atreven; por la espalda en la mayor parte de los casos. Llevarán a efecto lo que un grande de la literatura norteamericana calificó de conjura de los necios. Y como no son tontos, son astutos, taimados, pueden diseñar planes para echar nuestra felicidad por la borda. Por ejemplo, en el trabajo; por ejemplo, en los estudios; por ejemplo, en la vida toda.
Hay que andarse con muchísimo cuidado a la hora de elegir las compañías. Lo mejor, lo ideal, sería estar siempre solo. Como eso no lo puede soportar la mayor parte de los superdotados, tendrán que arriesgarse a estar siempre con personas que serán sus enemigas potenciales. Esto no tiene solución, o la tiene muy mala. Pero recuerden. No estamos hablando ahora de que le caigamos bien o mal a la gente por ser superdotados. Partimos de la base de que le vamos a caer mal en el noventa por ciento de los casos. No digo que les seamos indiferentes, ojo: hablo de una actitud beligerante contra nosotros. Como eso, repito, es inevitable, lo mejor es tener siempre presente este primer mandamiento del superdotado: aunque los demás nos parezcan tontos, no lo son. A su manera, son listos; y de todas las maneras y para nosotros, peligrosos; muy peligrosos.

sábado, 5 de mayo de 2012

Conversación con un imbécil

El otro día hablé con un imbécil. Es algo que hago muchas veces. Por definición, al ser yo superdotado, la mayor parte de la gente que me encuentro es, en comparación conmigo, un poco imbécil. Algunos, muy imbéciles. Este imbécil del que les hablo es músico. Toca en un grupo medio famoso y tiene su público y viaja por ahí y tiene imagen de rockero: carita bonita, cuerpecito agraciado y escurrido y una melenita de esas que vuelven locas a las chicas. El otro día, como digo, me puse a hablar con él. Este pobre diablo no ha leído un libro jamás, era algo que yo sospechaba. Cuando nos pusimos a dialogar, entablamos una conversación sobre música (de otra cosa no se me ocurre hablar con él, bueno, sí, de cocaína, pero no es un asunto que me interese demasiado como tema de conversación, la verdad, y menos mantenerlo con un consumidor, aunque sea esporádico, de tal sustancia, y por tanto defensor de ella).
Como digo, hablamos de música. Yo le dije mis preferencias y él me citó las suyas. El muchacho (va camino de los treinta años, pero bueno, llamémosle el muchacho para que su estupidez quede menos en evidencia), el muchacho, digo, afirmó que no se pueden establecer categorías, que todos los artistas eran igual de válidos. (Él se expresa de otra manera, es una persona semianalfabeta que cuando se sale de los cuatro temas habituales –fútbol, droga, mujeres y otro que no recuerdo– no sabe encontrar la palabra adecuada, seguramente porque carece de ella, de la palabra, es lo que tiene ser un analfabeto funcional; por cierto que este chaval dice que él tiene “compromiso literario” en su música; a saber qué rayos quiere decir con eso).
Para sustentar su afirmación, su tesis acerca de la homogeneidad del talento artístico, me dijo que él era músico y que por lo tanto estaba en condiciones de apreciar los méritos de unos y otros mejor que yo, que carezco de talento musical (algo que reconozco, desde luego). Entonces yo me lo llevé a mi terreno y le dije que, como yo soy escritor, estoy en disposición de argumentar, cogiendo dos escritores al azar, cuál era mejor y cuál era peor de los dos. Para poner en práctica mi tesis, le dije que me citara dos escritores cualesquiera, de cualquier país y cualquier época, y que si yo los había leído le diría sin género de dudas cuál de los dos era mejor que el otro. El músico este, el pobre diablo, digo, no me contestó. Le pregunté otras tres o cuatro veces, le invité a que me dijera el nombre de dos escritores. En ese momento, ante su negativa o más bien su renuencia a complacerme, caí en la cuenta: ¡aquel tipo no sabía el nombre de dos escritores!
He de decir que –aunque lo parezca– esto no es un ataque personal a este tonto ni a los tontos en general. Bastante tengo ya con mis problemas como para ocuparme de la vida de los necios. Lo que quiero argumentar con esto es que ese hombre es un tío perfectamente adaptado: tiene novia, amigas, amigos, toca en un grupo, como ya he dicho, es popular en los bares de mi pueblo, un tío enrollado, vamos. ¡Y no conoce el nombre de dos escritores! No digo ya que los haya leído.
¿Cuánta gente hay como esta en España? ¿El mundo es un sitio para ellos? Lo digo porque desde luego para los superdotados no es el mundo. Un pobre diablo semianalfabeto, con un poco de suerte, y si no que les pregunten a los futbolistas, puede acabar millonario y popular, oído y escuchado por millones de personas que están dispuestas a tragarse la primera imbecilidad que un anormal de estos pronuncie. ¿Este es el mundo en que vivo? No me extraña que los superdotados lo pasen tan mal.
Conclusión: repito que nada tengo en contra de este pobre hombre que no tenga ya contra otros cientos y hasta miles como él que pueblan el universo conocido. La cuestión más bien es qué clase de mundo hemos creado para que un retrasado mental –que, recuerden y ojo al dato, es incapaz de pronunciar de memoria el nombre de dos escritores– se sienta a gusto e integrado en la sociedad, en la misma sociedad que deja de lado a los genios y los condena a una vida improductiva e infeliz mientras los subnormales (como el citado, como muchos otros) se levantan cada día con la sensación de que les han fabricado un mundo a su medida. A la medida de los idiotas.

viernes, 9 de marzo de 2012

Manual de supervivencia para el superdotado

El superdotado en el sistema educativo.
El principal problema con el que se enfrenta el genio superdotado en España es la altísima tasa de imbéciles que hay impartiendo clases. Me baso para esta tremenda afirmación en mi experiencia personal como alumno en mi ya lejana infancia y juventud; y también en mi trato personal con profesores de ahora, algunos más jóvenes que yo, pero todos, o casi todos, más tontos que un cerrojo.
Ante todo, dejemos una cosa clara: a los profesores no les gusta en absoluto enfrentarse a un niño o un joven que sea más listo que él. Ser más listo que un profesor en España es bastante fácil, dado el bajísimo nivel de nuestras universidades, supuestos templos del saber donde se prepara a quienes han de impartir clase, pero una fábrica de memos integrales en la práctica; memos integrales que habrán de enseñar a otros memos más jóvenes a ser tan memos como ellos, los profesores.
Y qué pasa. Pues lo que tiene que pasar. En cuanto un niño o un joven superdotado llega a clase, lo primero que encuentra es a un cretino impartiendo lecciones sobre temas en los que la mayor parte de las veces muestra una absoluta falta de conocimiento. La mezcla es explosiva: por un lado, tenemos a un profesor que será un incompetente nueve de cada diez veces; por otro, un niño con ansia de saber que verá cómo el profesor le coge tirria por ponerlo en evidencia. Recuerdo a una subnormal que me daba clases de inglés en el instituto, cuando yo tenía diecisiete años. Un día estaba tratando de explicar la diferencia entre las expresiones “stop talking” y “stop to talk”; como la muy majadera no acertaba a hacerse entender por el resto de la clase (que tampoco es que fueran muy listos, todo hay que decirlo), yo me levanté y expliqué el busilis de la cuestión, el quid, el intríngulis; o sea, que yo, que no recibía sueldo alguno por aquello, hice el trabajo de aquella imbécil.
Desde ese día, la profesora de inglés me cogió una tirria de la hostia, y me apliqué el cuento que me había aplicado con el resto de los profesores: esto es, no acudía a sus clases, nunca, nada más que para los exámenes.
La existencia de gente así en la enseñanza es algo que produce ganas de vomitar, pero qué le vamos a hacer. El mundo es de los imbéciles, pongan una emisora de música comercial si lo dudan, o atiendan al televisor en la media hora de eso que llaman “deportes”. Para mear y no echar gota.
Entonces, ante la perspectiva de enfrentarse a medianías como esa profesora, que son mayoría en el sistema educativo español, ¿qué le queda por hacer al superdotado si es que quiere salir con vida de toda esta picadora de carne que es la enseñanza española?
Respuesta: pasar inadvertido.
La esencia del asunto es que el profesor (el idiota, vamos) no se percate NUNCA de que el genio es un genio. Debe pensar que tiene ante sí a un imbécil más con el que puede hacer lo que quiere, o sea, dar sus clases sin que quede patente que no tiene ni zorra idea de lo que enseña. Algunos consejos son los siguientes: no preguntar nunca ninguna duda, hacer los exámenes más despacio de lo normal, de lo normal para nosotros los superdotados, o sea, a la velocidad de los más torpes, fallar a propósito en algunas preguntas, cometer faltas de ortografía, que están muy bien vistas en el sistema educativo actual, ningún universitario que se precie puede escribir sin ellas, no hablar jamás de nada relacionado con la cultura, no sacar ningún tema en clase delante del profesor que no tenga que ver con la clase, e incluso, cuando se haga, que sea porque nos han preguntado a nosotros, repito: no levantar nunca la mano para preguntar nada, se dice a todo que sí y punto. En el tiempo libre entre clase y clase, juntarse con los más tontos, decirles también a todo que sí, aprobar con cincos raspados, ya nos subirán luego la nota los profesores cuando se convenzan de que tienen ante ellos a un congénere, esto es, a un idiota. Adular al profesor puede ser también muy útil, pero esto resulta difícil para algunos superdotados, cuando no imposible.
Sigan estos mis consejos y aprobarán una carrera como Medicina, Filosofía y Letras o Derecho con una nota altísima y un buen currículo que les abrirá las puertas a un futuro esplendoroso con mujeres, amantes, chalet adosado, hipoteca, cuatro por cuatro para los domingos, televisor de plasma, piscina, sobrinos, suegra, perro, cena los sábados con los amigos, comida los domingos con los suegros y los padres de uno, vacaciones en Punta Cana, cocaína de calidad de cuando en cuando, whisky de importación, cenas en restaurantes de moda, fines de semana esquiando, suscripción de por vida al club de tenis, o sea dinero a espuertas, reconocimiento social y esa frase que tanto gusta oír a los tontos repetida una y otra vez: “Hay que ver qué listo es este hombre, tiene tres carreras”.

domingo, 4 de marzo de 2012

Los peligros de la lectura

Hoy he mantenido una conversación en la calle con un antiguo conocido de la infancia. Ha salido a relucir, cómo no, el asunto de los libros. Este hombre, al que como digo conocí de niño y que ya es un adulto de casi cincuenta años, me parece a mí que no ha leído demasiado en su vida. Tiene una carrera, faltaría más, pero me da a mí la impresión de que lo que se dice leer, lee poco. Y lo digo porque me ha sacado el tema de cuántos libros leo yo. Cuando le he dicho el tiempo que dedico al día a tan sano esparcimiento (unas dos o tres horas como mínimo), ha puesto la misma cara que si le hubiera dicho que me bebo todos los días cuatro litros de vino o me fumo veinte porros: no te pases, macho, parecía decir con los ojos. De hecho, lo ha afirmado, me ha advertido que “leer tanto no es bueno”. Esta frasecita se la he oído ya a varios licenciados universitarios (y por supuesto a gente sin estudios, lo cual me parece más, digamos, disculpable), e incluso a algunos profesores. Pero dejemos a los profesores con su propia ruina, que bastante tienen con no saber escribir.
Centrémonos más bien en cómo nos perciben a los superdotados las gentes mediocres. Este individuo del que les hablo es un arquetipo, un modelo común que siguen muchas personas a las que me he encontrado en mi vida. Personas que ven muy bien que uno pegue patadas a un balón o que conduzca un coche a toda hostia por un circuito y reciba miles de millones por ello; pero que no conciben que otra persona sea más lista que ellas, que el individuo mediocre que pasa su vida pendiente de unos futbolistas o un piloto, o de la televisión basura y sus famosotes.
¿Por qué se le dice a la gente que leer es malo? ¿Por qué se transmite esa imagen de que leer es una pérdida de tiempo, algo que no sirve para nada, algo de lo que no se puede sacar utilidad?
Un día, un energúmeno que estaba jugando al fútbol con sus hijos y molestando a unas ancianas, y con el que me encaré por su conducta incivil, me dijo que, “claro, como tú estás ahí sentado en el banco, solo y aburrido con un libro…”. O sea, para ese idiota el hecho de que una persona esté leyendo un libro en un banco de un parque es algo así como una maldición o, como mínimo, una desgracia.
En otra ocasión, teniendo yo un libro bastante grueso (de Historia) en una mesa de un bar, un camarero especialmente indiscreto me espetó que si yo iba a leerme “todo aquello”, con una expresión y un gesto de cara (el camarero era feo e hinchado como un sapo) que daban a entender sin ningún género de dudas que me acompañaba en el sentimiento por tener yo que pasar todo el día y seguramente el mes siguiente para digerir aquellas mil paginas de Historia de Europa. Todo un suplicio, claro.
En otra ocasión, un quiosquero al que compré un libro de oferta, un premio Planeta pasado de moda, me comentó que “había que estar un poco loco para escribir tantas palabras”. Y lo decía uno que vende libros.
La conclusión que saco de todo esto es que la gente normal no lee, y no solo no lee, sino que adopta una postura crítica y hasta hostil con aquellos que sí lo hacen. Me refiero a leer de verdad, no a la bazofia inframongola que consume la masa: esos best sellers y toda esa faramalla basura que la gente se mete para el cerebro, que es casi como no leer. Me refiero a leer a Erasmo, Unamuno, Baroja, Borges, Kafka, Poe, Cervantes… En fin, libros que hagan pensar. Claro que, se me olvidaba de nuevo, pensar es aburrido, una lata. Donde esté perder la tarde bebiendo cerveza y viendo fútbol, que se quite todo eso de pasar hojas de un libro que, total, igual lo ha escrito uno que no estaba muy bien de la cabeza.

martes, 28 de febrero de 2012

Cuidado con los seres tóxicos

El superdotado ha de guardar especial precaución con la gente con que se relaciona. Es muy común que un superdotado, cansado de vivir aislado del resto de la gente por su alta capacidad, acabe juntándose con personas poco recomendables. El mismo hecho de ser un marginado lo convierte en virtual compañero de seres antisociales, como por ejemplo los drogadictos.
A lo largo de mi vida, he pasado muchos años, quizá demasiados, en compañía de toxicómanos. Es una verdad incómoda que la sociedad española trata con excesiva benevolencia a los drogadictos. De hecho, y como ya se ha dicho en este blog, se trata a los drogotas mejor que a los genios. No quiero volver sobre este asunto. Básteme, quizá, contar algunas de mis experiencias.
Yo conocí a un drogadicto que era hijo de buena familia. Un tipo espabilado, con cierto nivel cultural y una capacidad de manipulación de las personas que le rodeaban ciertamente fuera de lo común. Yo le conté mi peculiaridad, y enseguida me di cuenta de que eso no le había hecho ni pizca de gracia. Este drogadicto, al que podemos llamar Ernesto para entendernos, tenía un alto concepto de sí mismo, algo que no es muy común entre los cocainómanos salvo cuando van hasta arriba de su querida sustancia.
Ernesto no perdía ninguna oportunidad de hacerme de menos. Cuando yo le decía que había aprendido a leer a los dos años me contestaba que “siempre ha habido gente más espabilada, que eso de los superdotados es más común de lo que yo me creía”, frase esta última con la que, a mi modo de ver, pretendía quitar mérito a mis logros, en este caso al de haber aprendido a leer cuando muchos niños todavía no saben ni hablar. Ernesto hacía cosas aún más retorcidas. En el círculo de amigos en que yo me movía en aquellos años, Ernesto se ocupaba de segar la hierba bajo mis pies, esto es, a desacreditarme continuamente estando o no yo delante. Hablaba de mí, sobre todo a sus amigas, intentando (y consiguiendo) dar una imagen muy negativa de mi persona. Era muy común en él que se dedicara a convencer a las mujeres de por aquel entonces mi entorno de que yo era una especie de bicho raro, un tipo aburrido con el que no merecía la pena perder poco ni mucho el tiempo. Como consecuencia, Ernesto consiguió enseguida que muchas de aquellas mujeres, por no decir todas, me ignoraran, o me tuvieran como compañero de conversaciones a las que no prestaban demasiado caso, pues, al fin y al cabo, yo no era más que una especie de tipo raro, de solitario al que no había que prestar demasiada atención: un pobre loco, vaya.
Yo era perfectamente consciente de aquello, y si nunca le puse los puntos sobre las íes a Ernesto fue por una razón muy sencilla: a mí me fascinaba la vida de aquella gente; me fascinaba y la despreciaba a partes iguales, si tal contradicción tiene algún sentido. Me gustaba saber cómo vivían los drogadictos, cómo pensaban, cuáles eran sus relaciones de poder, qué opinaban de política, o de la policía o de los traficantes que les vendían la droga (eso, cuando no eran ellos mismos los que traficaban, claro). Haberle parado los pies a Ernesto hubiera sido como descubrir mis intenciones, que eran, por si no lo he dicho ya, espiar la manera de vivir de la especie de los drogotas.
Aprendí muchísimo de Ernesto, y por eso le perdoné que durante mucho tiempo ejerciera de persona tóxica conmigo. Aún hoy me lo encuentro en muchos sitios, y procuro eludir su compañía, aunque no le niego el saludo. Hoy sé que a Ernesto siempre le devoró la envidia, el hecho de que yo le superara con mucho en cualquier conversación, y que él utilizaba su popularidad de niño de papá siempre dispuesto a invitar a cocaína a su claque. Usaba esa popularidad con su rebaño de aduladores para desacreditar mis afirmaciones, para hundir mis argumentos. A mí, personalmente, nunca me importó que lo hiciera, porque lo cierto es que viniendo de donde venían las réplicas (de una banda de drogadictos sin otro futuro que el psiquiátrico o la cárcel antes de cumplir los cuarenta), sabía que mi crédito no estaba en entredicho. Además, aquellas mujeres que me despreciaban despertaban también en mí un sentimiento análogo. Nada hay más repulsivo según mi punto de vista que una mujer drogadicta. Ellas entonces no se daban cuenta, pero con el tiempo acabaron comprendiendo que su asco por mí era solo un pálido reflejo del que yo experimentaba por ellas.
La conclusión que saco de todo esto para otros superdotados es que tengan cuidado con quién se juntan. Es común que un superdotado, en clase, perseguido y despreciado por los profesores y la mayor parte del alumnado, acabe juntándose con los otros marginados: los drogadictos. A mí me sirvió de mucho porque soy escritor, y como dice William Somershet Maughan, al novelista todo le sirve, cualquier experiencia. Pero no todo superdotado es escritor, ni tiene por qué serlo, en cuyo caso le quiero recordar a todo genio en potencia que más vale solo que mal acompañado. Huyan de la gente que les haga sentirse culpables por ser más listos que la mayoría. Ahí fuera hay gente que acoge con cariño y comprensión a las personas con talento, tal vez porque ellas también tienen talento.
Superdotados: no pidan permiso para vivir ni disculpas por ser más inteligentes que el rebaño. No lo hagan nunca. Sean como son y no intenten caer bien a personas que en el fondo no merecen la pena. Hay demasiada gente en el mundo como para perder el tiempo intentando agradar a la escoria social.

sábado, 11 de febrero de 2012

La profesora analfabeta

Hace unos años yo me dedicaba a vender un par de novelas de mi autoría por la calle. Abordaba a la gente en los bares, le enseñaba los libros y, si podía, la convencía para que los adquiriera. Me sucedieron bastantes anécdotas en aquellos años, y ahora les quiero contar una que me parece, cuando menos, inquietante.
En un establecimiento un tanto pijo, de esos que sirven tapas diminutas y poco nutritivas en platos enormes, ofrecí mis libros a un grupo de mujeres (las mujeres, por si no lo saben ya, leen mucho más que los hombres). Una de ellas expresó su curiosidad por los libros, se los mostré, y en menos que canta un gallo me pagó por ellos lo que le pedí. Yo estaba satisfecho por haber efectuado una venta. La mujer me dijo, sin venir mucho a cuento, que era profesora de la universidad del lugar donde vivo, una universidad, para qué engañarnos, de no mucho prestigio donde los títulos que se expiden tampoco creo yo que tengan mucha preferencia sobre los de otros templos del saber españoles. La señora concretó que era doctora en Filología Española y profesora de no sé qué asignatura de nombre extenso e impresionante.
Cogió uno de mis libros lo abrió y se puso a escrutarlo, ahora lo sé, en busca de un error. Y allí, para mi sorpresa, delante de sus amigas, me dijo a mí, un perfecto desconocido:
–Aquí hay un error.
Yo no me lo tomé a mal, aunque me quedé –como digo– un poco sorprendido de que aquella profesora universitaria me llamara la atención delante de sus amigas, a las que, como a ella, no conocía de nada, sobre una supuesta falta en uno de mis libros. Creo que esas cosas, los errores de los demás, hay que hacerlos notar en privado, es una cuestión de cortesía, o directamente de educación.
–¿Dónde está el error? –pregunté yo
Y ella entonces me señaló la palabra “solo” en función de adverbio, esto es, sustituible por “solamente”. Yo le repliqué que “solo” no se tilda para distinguirlo de “solo” adjetivo, salvo cuando pueda haber confusión entre una y otra palabra. Ella se aferró a su versión, o sea, que “solo” se tilda cuando es adverbio. Yo invoqué entonces la autoridad de Manuel Seco, quien en su Diccionario de Dudas, en la edición de 1995, ya apuntaba esta innecesariedad de la tilde en la palabra “solo”. Aquello, me dije para mí, estaba tomando los derroteros de una conversación un tanto bochornosa. Un escritor en apariencia novato enmendándole la plana a toda una profesora universitaria. Después de que la mujer empezase a sospechar que yo sabía lo que me decía, quedamos en que lo íbamos a mirar en casa, que íbamos los dos –cada uno por su cuenta– a consultar la duda (que para mí no era tal, pero bueno).
Pasó el tiempo. Volví a ver a la profesora en docenas de ocasiones. Nunca me dirigió la palabra. Nunca se disculpó por aquella vergonzosa metedura de pata en la que toda una profesora universitaria con un doctorado en su haber quedaba en la penosa evidencia de no conocer las reglas de acentuación vigentes en nuestro país.
Una ocasión, un año o así después, coincidí con la profesora analfabeta en una charla pronunciada por un eximio (y comunista) poeta cubano. Allí estaba la profesora analfabeta, con esa pose entre interesada y lacayuna que adoptan los perritos falderos de nuestro corrupto sistema educativo cuando están ante alguien que tiene más talento que ellos, lo cual no es difícil, dicho sea de paso. El escritor cubano (y comunista) largó durante un rato delante de un grupo de alumnos de estos que hay ahora en nuestro país: un tanto amariconados todos ellos por vivir en la burbuja del sistema universitario que los protege (por ahora) de la vida real, esa de levantarse a las siete de la mañana para acudir a un empleo de mierda por un sueldo de mierda.
Pero no quiero desviarme del tema. Otro día les contaré lo que pienso de la generación de jóvenes inútiles (y arrogantes y estúpidos y pagados de sí mismos) que hemos criado en nuestro país. Pensemos, más bien, en las preguntas que podemos concebir a raíz de lo sucedido con la profesora analfabeta.
¿Cómo puede una persona acabar una carrera y un doctorado en Lengua Española sin conocer las reglas de acentuación? ¿Cómo, en el nombre sagrado de Dios, puede –en esas condiciones– impartir clases en una universidad, aunque sea en una de medio mogate como la de mi ciudad? ¿Cómo se puede tener la poca vergüenza de corregir a un escritor en público sobre una materia en la que ella no tiene ni idea? Y si a eso vamos, ¿cómo se puede ser tan soberbia como para no pedirle disculpas al escritor en público (puesto que en público lo había tratado de poner en evidencia a él) y perder así la ocasión de haber quedado como lo no era la profesora analfabeta, esto es: como una señora? ¿Estos son los profesores que han de soportar nuestros jóvenes? ¿Les enseñará la profesora analfabeta a sus alumnos las reglas de acentuación (en la universidad, por el amor de Dios) con tanto empeño como desplegó para imponerme a mí su equivocado criterio?
Y la pregunta del millón: ¿Cuántos majaderos como esta profesora analfabeta hay impartiendo clases en nuestro país?